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Argenta en Argenta. Melodías familiares para empezar el año con optimismo

Santander, 3 de enero de 2021.- Ataúlfo Argenta, el pianista y director de orquesta cántabro, que fue creador de la Orquesta de Radio Nacional y director de la Orquesta Nacional de España, alcanzó en su carrera profesional un prestigio como director que trascendió más allá de nuestras fronteras, inscribiendo por méritos propios su nombre en la historia reciente de la música. No es extraño, entonces, que se diera su nombre a la sala principal del Palacio de Festivales de Cantabria, y resulta de todo punto natural que lleve su nombre una joven orquesta sinfónica en Cantabria. Así que no es reiteración, sino pura realidad, afirmar, de un modo abreviado, que anoche la Sala Argenta acogió a la Orquesta Argenta, resguardándola por unas horas del frío ambiental para ampararla en su seno, al calor del público.

La Orquesta Sinfónica Juvenil UIMP-Ataúlfo Argenta, bajo la dirección de Vicent Pelechano, interpretó un programa con composiciones que, en buena medida, resultaban familiares al oído. Esta experimentada orquesta joven maravilló con su interpretación a un público que, desde el principio, se dejó cautivar por la manera intensa o sosegada en que las notas saltaban de las partituras a los instrumentos para hacerse música en el aire. Embarcados público y orquesta en una misma sintonía, navegamos en complicidad por el recorrido sinfónico de la noche.

Empezamos de una manera aparentemente inquietante: bajando a los infiernos. Lo hicimos nada menos que con Orfeo, el músico por excelencia de la mitología griega que con su lira amansaba a las fieras y conmovía a dioses y hombres. De la mano de Offenbach, este descenso, que se anunciaba temible, resultó ser siempre armonioso y decididamente festivo, como corresponde a la obertura de una ópera bufa. De los infiernos salimos con Tchaikovsky que, si no nos llevó a los cielos, desde luego nos dejó en las inmediaciones, junto a “El lago de los cisnes”, donde danza la fantasía y el bien acaba prevaleciendo sobre el mal. Y en esto llegó el vals. Con “Voces de primavera” se iniciaron los cuatro valses de Johann Strauss, hijo, que sonaron en la velada, con los que nos sentimos transportados por un momento hasta la Viena imperial. Entre vals y vals, Franz von Suppé, otro compositor austriaco, nos mantuvo en Viena, en concreto durante “Una mañana, una tarde y una noche”, que de todos los momentos del día vienés quedó un rastro en la obertura de esta opereta.

Tomó el relevo Tchaikovsky, en esta ocasión con “El cascanueces”, obra de la que la orquesta interpretó tres piezas entre cuyas notas los juguetes cobraban vida, las hadas bailaban y un soldado de madera se convertía en príncipe de un reino fabuloso. Luego volvió Strauss para recrearnos con dos de sus valses más afamados, “Vida de artista” y, como no, “El Danubio azul”, cuya irresistible invitación a bailar tuvimos que declinar, obligados por la insoslayable física de un patio de butacas.

Pero cuando ya no nos cupo duda alguna de que estábamos en Viena fue cuando, al finalizar el concierto, el director nos anunció que la Orquesta Sinfónica Juvenil UIMP-Ataúlfo Argenta nos deseaba un feliz año 2021 y nos regalaba la “Marcha Radetzki”. El público, integrado por jóvenes de todas las edades, se puso entusiasmado a las órdenes de la batuta de Pelechano para convertirse en intérpretes de esta obra del padre de los Strauss, tocando con maestría inesperada el instrumento de las palmas de sus manos. Finalizado el concierto, tras los aplausos y las consabidas instrucciones para un desalojo ordenado y saludable, el público de la Sala Argenta reanudó su aplauso mientras la Orquesta Argenta abandonaba el escenario, como queriendo acompañarla hasta el final. En esta noche de sonoridades de plata, la cultura vuelve a salir airosa en el Palacio de Festivales de Cantabria bajo las alas de la música.

Javier Sánchez Becerril