La vida y los sueños se dan la mano en la Sala Argenta

Santander, 3 de diciembre de 2020.- ¿Quién no ha querido, sentido o deseado, en alguna ocasión, que todo se tratase de un sueño? Un mal trago, una decisión equivocada, escuchar por el oído erróneo al demonio y no al ángel, con el consecuente resultado. Hay quien pueda utilizar los sueños como excusa para sus errores, o como vía de escape para una anodina realidad. Pero ¿acaso sabe el durmiente que está en un mundo onírico? Ésta y otras reflexiones estuvieron ayer presentes en la Sala Argenta. Segismundo, un príncipe ensoñador, se encuentra encarcelado para no cumplir su `destino´. No puede salir de su cautiverio por estar bajo el yugo de Clotaldo, quien fielmente acata las órdenes del rey Basilio. Este último, presa de las visiones de un oráculo, pretendía con la privación de libertad de su joven hijo y príncipe librar al pueblo de Polonia de un tirano. No obstante, envuelto en un mar de dudas y guiado por un amor paterno filial más que discutible, el rey opta por llevar a su hijo, drogado, a la sala del trono, donde la realidad y el sueño empezarán a mirase de frente.

Siete personajes y un músico son los encargados de meternos en la historia, con una puesta en escena minuciosamente preparada, que alcanza su punto álgido con lo que podríamos llamar el minuto de oro en el teatro del Siglo de Oro de las artes y las letras españolas: un monólogo en el que el protagonista deduce que, si todo se trata de un sueño, hay que aprovechar antes de despertar. Seguramente, estamos ante el soliloquio más pronunciado por muchos amantes del teatro, que Pedro Calderón de la Barca escribió para recordarnos que la vida es sueño.

Ayer, después de repasar el programa de la función, me quedé dormido por un momento. Soñé que iba al Palacio a ver una obra de teatro y que su autor, un tal Pedro, se sentaba a mi lado, bueno, dos asientos más allá. Como estaba dormido, no me enteraba bien de qué ocurría en el escenario, así que le pedí al dramaturgo que me explicara la trama. Amablemente, me respondió que la vida lo mismo es un frenesí que una ilusión; “que sueña el rico en su riqueza, que más cuidados le ofrece; y sueña el pobre que padece su miseria y su pobreza”; y siguió soltando rimas, una detrás de otra, hasta que apareció a nuestro lado cierto Segismundo, pero no el Segismundo polaco, que seguía prisionero sobre el escenario, sino otro austriaco, de apellido Freud, que interrumpió a quien ya era mi amigo Pedro para asegurarle, con inapropiada displicencia, que andaba errado y que los sueños no son más que elaboraciones fantasiosas de impulsos libidinosos reprimidos.

Desperté del sueño, me levanté sin prisa y llegué al Palacio. Entonces, sobre el escenario vi la vida misma, representada en alegorías por actores y actrices en cuyas interpretaciones el sueño y la vigilia se confabulaban para enredarse en un juego de verdades y mentiras. Aunque han pasado casi cuatro siglos desde que Calderón de la Barca estrenara su obra, los sueños de entonces se siguen pareciendo mucho a los de ahora, porque aún hoy “sueña el que a medrar empieza, sueña el que afana y pretende, sueña el que agravia y ofende, y en el mundo, en conclusión, todos sueñan lo que son, aunque ninguno lo entiende”.

 

Javier Sánchez Becerril