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Danza y pasión bajo el ritmo trepidante del Alento

Santander, 22 de enero de 2021.- Un vestuario a la medida del baile, unas coreografías expresivas y una ejecución brillante hicieron del espectáculo una experiencia gratificante y, como no, alentadora para un público que no resultó decepcionado ante una puesta en escena llena de originalidad.

Desarrollando su programa, la compañía empezó con un `Origen´ en el que se intuía toda la energía de la representación, bañada por los múltiples matices de la `Luz´, para merodear el misterio de las `Ánimas´ hasta que sonaron los acordes de la `Carne cruda´. Fue entonces cuando el cuerpo de baile se puso al `Acecho´ y no paró hasta vislumbrar el `Ser´, que se reconoció a sí mismo en el `Instinto´ de ser `Libre´.

En una sucesión de números que casi no permitían ni parpadear, los bailarines no paraban de ampliar el repertorio de estilos de danza que ayer pisaron el escenario, ya que la danza clásica española daba paso a otros bailes con distintos matices, algunos de los cuales nos trasladaron al mismísimo Broadway. Deslumbraban con sus movimientos y su vestuario, cuya elegancia no impedía unos movimientos atrevidos y constantes, movimientos en los que las bailarinas movían al compás de la música sus faldas de gasa y los varones no perdían la elegancia, bien con sus camisas abrochadas hasta arriba bien con un vestuario más cómodo con camisetas sin mangas, dejando al aire sus brazos que palmeaban sin parar contra su propio cuerpo. Como éste, todos y cada uno de los números tenían un significado distinto, pero no hubo ni uno solo de ellos que al terminar no nos dejase sin aliento.

Todos los movimientos estaban alineados con las notas que los músicos desprendían de sus instrumentos al fondo del escenario, donde su silueta nos permitía vislumbrar a un total de cinco artistas que tocaban una partitura de Fernando Ezcogue, quien también hizo las veces de guitarrista. A su lado, los instrumentos de cuerda (violín y contrabajo) se agrupaban junto al piano y la percusión que, en perfecta armonía, interpretaban las melodías que los bailarines transformaban en movimientos elegantes con sus cuerpos, que se expresaban libremente mediante los tacones y las castañuelas.

Para finalizar, unos `Viejos aires´ nos llevaron hasta el final y el principio del Alento. En grupo, en pareja, individualmente, a veces con mesura, casi siempre con brío, las bailarinas y bailarines de la Compañía Antonio Najarro evolucionaban por el escenario llenándolo de mensajes que proyectaban su fuerza visual hacia el auditorio de la Sala Argenta, fascinado por la poesía en movimiento que se desplegaba ante sus ojos. A lo largo de la noche, asistimos a más de un momento apoteósico, en el que una emoción próxima a la pasión se apoderaba del tiempo y del espacio. En una de estas ocasiones, me pareció escuchar cerca de mí una conversación de este tipo:

– ¿Qué ha sido de esas mujeres y de esos hombres que allí estaban?

– Se han convertido en la esencia del movimiento, en la luz del color, en el ritmo de la vida, se han hecho un solo ser, bajo el embrujo de la música y la danza.

Quién sabe, a lo mejor tan solo lo imaginé, pero de lo que no me cabe duda es de que, al final de la representación, Antonio Najarro intervino para mostrar su agradecimiento y ponderar la solución audaz de doblar el número de funciones para hacer frente al riesgo sanitario. El público correspondió al agradecimiento del director levantándose de sus butacas y ofreciendo unos aplausos entusiastas que parecían no querer acabarse. Aplausos que hoy se repetirán otra vez, ya que no hay virus que pueda con tanto ánimo alentoso.

Javier Sánchez Becerril