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Estreno sólido de `Son de agua ́

Santander, 17 de diciembre de 2020.- La compañía de danza Cristina Arce llegó en la tarde de ayer al escenario de la Sala Pereda para estrenar la danza `Son de agua ́, con la que seis bailarinas representaron la unión entre el agua y la mujer.

Se descorrieron las cortinas y allí estaba el personaje principal de la obra, el agua, pero no en estado sólido, líquido o gaseoso, sino en forma de mujer, la piedra angular de la obra. Un agregado de personas, concretamente seis mujeres, se disgregó lentamente, así como lo hacen las gotas de agua, para ocupar todo el escenario. En ese momento, unos movimientos acompasados al sonido del mar atraparon la atención del público. La mujer se adaptaba poco a poco a ellos, al igual que el agua se adapta a las circunstancias, al clima, a las rocas y a los acantilados, a los troncos y a la arena. Agua que toma la forma de todo para surgir libre.

Movimientos rápidos y lentos. Algunos de ellos de pie, como una ola que se alza y que avanza sin piedad; puedes adaptarte a ella y acompañarla hasta que rompa o pasarla sutilmente por debajo y evitar su embiste, pero no puedes obviarla. Otros, desde el suelo, como se queda quien sigue con la ola hasta que rompe en la orilla y queda abrumado por su fuerza.

Todos estos movimientos fueron representados por las seis bailarinas que dieron vida a la mujer azul, que aparece en el reflejo de toda mujer que se mira en el agua. Con bikini verde o rosa, la mujer azul era bañada por el agua del mar y bajo el manto azul del cielo se adaptada a la naturaleza, formando parte de ella. Del mismo modo que el agua pasa a través de las rocas disgregándose para posteriormente impactar contra el acantilado, las motas de agua siempre acaban encontrándose, por lo que, como la mujer azul, no pierde ni un ápice de su esencia en los azares de la aventura de la vida.

Llegado cierto momento, costaba darse cuenta dónde se encontraba uno, si sumergido entre los movimientos sutiles y hechizadores de las bailarinas o inmerso en las profundidades del mar, de un río, fluyendo con la corriente, dudando si desembocaría en el mar o acabaría en su orilla. Puede que el no apartar la mirada del escenario se debiese a que el agua se transformó en vapor y ese humo limpio me impedía ver nada a mi alrededor que no fuera el arte que se desplegaba sobre el escenario.

Efectivamente, costaba apartar la visión del elenco femenino, movidas por un ímpetu inagotable en movimientos gráciles y delicados, inspirados en la mujer azul, quien, tras presentarse en diferentes esbozos, pasó a ser una mujer de carne y hueso. La foto no contenía tonos azules, sin embargo, tras embeberse en este son, todo lo que se presentaba ante nuestros ojos estaba empapado del color índigo. La compañía de danza, combinando belleza y una ejecución impecable, fue inundando cada rincón de la Sala Pereda. Cuando finalmente se apagó la luz, el respetuoso silencio que había permanecido inalterable en el patio de butacas prorrumpió en un fuerte aplauso, rendido al buen hacer de las bailarinas sobre el escenario. Como siempre, quedó constancia de que la cultura sigue siendo segura.

Javier Sánchez Becerril