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Flamenco y misterio en el Palacio de Festivales de Cantabria

Santander, 20 de diciembre de 2020.- La Sala Pereda acogió ayer `Báilame amor. Performance flamenca para un alma viva´, de la compañía Yolanda G. Sobrado, un espectáculo de danza que llenó el patio de butacas con su taconeo, su voz y su violín.

En el escenario sombrío estaba la silla, de la que se levantó nuestra bailaora. Bajo la narración omnisciente de una tercera persona, que nos sumergía en lo que veríamos a continuación: `La inocencia, el alma pura, la plenitud no consciente. La vida amándose a sí misma…´, es aquí cuando comenzó el taconeo que el público esperaba. Movimientos y sonidos acompasados al del violín que, finalmente, fueron recompensados con un aplauso cerrado del público, que alternaba sus estados de ánimo entre la concentración absoluta ante la voz, el violín y los tacones que en el escenario nos contaban este canto a la vida y al amor y el embelesamiento con el que aplaudía en cada ocasión que tenía oportunidad.

En la tarde la función avanzaba, y con ella, las fases del amor. Atrás los primeros taconeos que nos hablaban de la inocencia, llegaba `La desbordante primavera´ con la que la danza continuaba su curso, desplegando variedades musicales y cambios en el vestuario de nuestra artista, que nos transmitían su estado de ánimo. Desde luego, `Báilame amor´ cumplió con su premisa de ser un viaje hacia la ligereza, un canto al amor y a la libertad creativa. No hacía falta más que contemplar cómo los movimientos de una Yolanda G. Ramos carismática sobre el escenario pasaban de ser lentos y dulces a ser fuertes y rápidos. Una libertad creativa que conjugaba el taconeo con el dulce sonido del violín y el canto profundo, formando un conjunto excepcional en el que se presentía un misterio que solo podía resolverse intuitivamente utilizando con libertad los cinco sentidos para ver el movimiento, el color y la luz; saborear la amargura y la dulzura de los rostros; tocar las vibraciones en nuestro pecho; oír los sonidos y los silencios y oler el aroma que volaba en el aire.

Las artistas finamente se convirtieron en parte del público, sumándose al patio de butacas, eso sí, desde el escenario, para contemplar en una pantalla, junto al resto de espectadores, la esencia del amor y de la vida, los besos. Sonando de fondo la canción “Dance me to the end of love” de Leonard Cohen, asistimos a la proyección de una sucesión de besos con todos los matices del amor y del deseo: dulces, serenos, apasionados, tímidos, atrevidos… Todos ellos transmitieron lo que seguro más de uno ha sentido en alguna ocasión: ese cosquilleo interior, esa tensión que se forma en la boca del estómago y se desborda por los labios, una mirada perspicaz que encuentra su cómplice en el de enfrente y que por un momento te envuelve en un aura de felicidad que te aísla de lo que hay alrededor, haciéndote sentir libre y vivo, una sensación que orbita alrededor del beso, la piedra angular del amor.

Esta despedida, que terminó con un ramo de flores a nuestra protagonista y un agradecimiento hacia todos los presentes, entusiasmó si cabe todavía más al público, que mostró nuevamente su agradecimiento con un aplauso cerrado.

Javier Sánchez Becerril