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Las mujercitas de ayer inspiran a las mujeres de hoy

Santander.-06.03.2021 En palabras de jóvenes y joviales personajes, descubrimos cómo la alegría, el ímpetu de vivir y las ganas de luchar se personifican en cuatro mujercitas, cuatro personajes diferentes que se complementan a la perfección, como si formaran parte de un mismo ser vivo. Esta obra es una reinterpretación de la novela Mujercitas, de Louisa May Alcott, obra clásica de la literatura universal, recreada aquí exclusivamente por mujeres.

Ayer, sobre las tablas del escenario de la Sala Argenta se produjo un suceso prodigioso: recién llegada desde el siglo XIX, apareció de pronto sobre el escenario la mismísima Louisa May Alcott, sin duda fuente inmejorable para convertirse en la narradora omnisciente de la representación teatral de su novela. Louisa May Alcott encarna a la perfección los valores progresistas del feminismo decimonónico, los de una escritora sufragista y evolucionista, que, contraviniendo las costumbres de su época y de otras anteriores y posteriores, se negó a casarse. Alcott se basó en su propia familia para llevar a cabo el proceso de escritura de su novela más famosa. En esta representación, por momentos abandona su papel de novelista para desdoblarse e incluirse en el desarrollo de la obra haciéndose pasar por la tía March.

Durante el desarrollo de la representación, dividida en tres actos, vemos cómo los textos que redacta Louisa May Alcott chocan frontalmente con las opiniones de los editores, que aquí se personifican en una mujer, su editora, quien aparece como una persona castrante, que pretende alejar a la escritora de sus ideas, de lo que ella quiere para sus personajes, en busca de un contenido más comercial que transforme el fondo y la forma de la obra. Es una historia en la que se muestra lo encorsetada que se encontraba la mujer en la época victoriana, rigiéndose por unas directrices de moderación y pulcritud que las alejaban de la libertad necesaria para que una persona se busque a sí misma.

Sin duda una versión independiente, pero que se mantiene leal al texto original, con una cuidada puesta en escena, en la que destacan momentos en los que las mujercitas se sitúan en torno a un piano y cantan felizmente junto a su madre o corretean y conversan en un jardín primaveral. Destaca por su fuerza dramática y como expresión de los valores de la obra el diálogo entre escritora y editora, enfrentadas sobre una mesa donde pugnan por dejarse oír sin censuras los textos escritos por Alcott. Todas y cada una de las mujercitas tiene un rostro, el de la alegría, la juventud, la inocencia que caracteriza a personas puras y libres. En cierto modo, en la obra pudimos ver cómo las protagonistas se liberaban en el interior de su hogar, en la intimidad que da el calor familiar para mostrarse espontáneamente en sus anhelos, sus diversiones, sus esperanzas.

La presencia masculina en esta representación es simplemente testimonial, en realidad, inexistente. Un padre alejado de su familia, batallando por la libertad de los esclavos, del que solo escuchamos sus palabras en boca de la madre de las niñas cuando les lee sus cartas en voz alta. De otro lado, sabemos por referencias de la presencia de un vecino un tanto curioso, que, a pesar de no rendir presencia ni solicitar audiencia durante la obra, observa desde su ventana la vida de estas jóvenes mujercitas.

Como este vecino, el público se asoma a la ventana del escenario para contemplar una historia que busca que todos caminemos de la mano en una misma dirección, aquella que habla sobre la igualdad real entre hombres y mujeres. Estas pequeñas grandes mujeres vienen a simbolizar el compromiso con la causa de la igualdad, en vísperas de la conmemoración el próximo 8 de marzo del Día Internacional de la Mujer.

Javier Sánchez Becerril