`Juana´ nos acompañó en un viaje angustioso por la existencia de la mujer en el mundo

Santander, 15 de noviembre de 2020.

Se descorrieron las cortinas y entre la penumbra apareció ella, una mujer a punto de encarnar cinco mujeres de un mismo nombre, que se subió a una cinta para comenzar a caminar al tiempo que nos hablaba sobre la existencia de un destino femenino en la tierra. Esta mujer verbalizaba sus palabras cada vez con mayor esfuerzo, pues la cinta poco a poco ofrecía más resistencia, situándonos en la antesala de lo que vendría después: una lucha de la mujer contra el mundo, de lo establecido contra lo rompedor; una lucha personificada en cada caso por una Juana distinta.

La protagonista empieza invitándonos a considerar cómo, de la misma manera que la tierra avanza por sus distintas estaciones, -primavera, verano, otoño e invierno-, con ellas también lo hacen las etapas de la mujer, -niñez, madurez y vejez-. En este proceso evolutivo, el carácter femenino se abría paso en un mundo de hombres, de costumbres inamovibles hasta ese momento. Juana, da igual cuál, rompía con lo establecido. Con una estética cuidada, cuatro hombres de negro y Juana de blanco, rojo o con alguna característica que la diferenciase, la danza, la interpretación y la historia se congeniaban de manera fluida en el escenario. En esta obra, la expresión corporal es mucho más elocuente que la comunicación verbal. Más allá del detalle de las historias, en la interpretación prevalece el contexto emocional en que se enfrentan a los acontecimientos estas cinco mujeres, estas cinco Juanas.

Juana de Castilla, conocida como la Loca, sufrió por amor al perder a su marido Felipe, el Hermoso. Son muchas las voces que apuntaban a una conspiración para derrocar a la reina, en vez de una desafortunada enfermedad mental. Fuera como fuese, Juana pasó el resto de su vida encerrada en Tordesillas, alejada del trono que por matrimonio le pertenecía. Un apartado histórico conmovedor, a la vez que desafortunado, una presencia femenina pisoteada.

Menos despreciada fueron las hazañas de Juana de Arco, conocida por muchos como la Doncella de Orleans, que durante la Guerra de los Cien Años decidió lanzarse al campo de batalla para luchar por Francia. Finalmente, otra intriga forjada por hombres en un mundo de hombres acabó con ella en la hoguera.

Más allá de los tejemanejes regios y las aventuras caballerescas, otra Juana desfilaba por las calles de Roma. En esta ocasión se trataba del Papa Juan VIII o, al menos, eso nos quería hacer creer. Ya que cuando el propio Papa se encontraba en medio de una procesión se puso de parto. En el transcurso de la iglesia de San Pedro a la basílica Lateranense, en un lugar entre el Coliseo y la iglesia de San Clemente, trajo al mundo a una criatura, dejando ver su verdadero sexo y enfrentándose a un pueblo escandalizado, que acabó con su vida.

Sor Juana Inés de la Cruz, quien ingresó en el convento para escapar del matrimonio, fue una monja que defendió los derechos de las mujeres a estudiar en una época con poca presencia femenina en todos los estamentos. Por último, Juana Doña, que mantuvo durante toda su vida una activa militancia política, a la que vemos en la obra junto al paredón en el que su marido fue fusilado mientras pronuncia sus últimas palabras de amor.

Historias vitalistas de mujeres que han contribuido con su lucha y su ejemplo a que la mujer tenga un papel protagonista en el día de hoy en la sociedad. En definitiva, se trata de una reivindicación a medio camino entre la obra de teatro y la danza, donde el peso interpretativo recae sobre Aitana Sánchez-Gijón, que cambia de personaje y vestuario a la velocidad del rayo, para moverse por todo el escenario rápida y sufridamente, expresando con acierto dramático todos los matices de sus personajes.

Javier Sánchez Becerril