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Pintores, cantantes y malabaristas ceden su espacio a `Acróbata y arlequín´

Santander, 10 de enero de 2021.- Parece complicado que la ópera, los malabares, el teatro y la música se combinen en un mismo espectáculo, pero así ocurrió ayer con `Acróbata y arlequín´ de La Maquiné. Una serie de números evocaron la magia, el encanto y el ensimismamiento que los antiguos circos escondían bajo sus carpas. Hablo de números como los del tío Pepe, que hacía las veces de cantante de ópera, habilidoso ciclista sobre un monociclo, diestro malabarista y narrador omnisciente. Pero esto era solo el principio.

Estas piruetas, con sus prendas llamativas y sus animales domesticados, no pudieron más que atraer la atención de Pablo, un joven vagabundo y alegre protagonista de la función que nos ocupa y que hizo lo posible y lo imposible por formar parte de esta familia de artistas. Lejos de protagonizar los números que le gustaría, a Pablo le encomiendan la difícil tarea de cuidar de Rosita, la cabra del circo.

Sin embargo, Rosita, con su apariencia adorable, tenía el espíritu indomable de un león, como con el que posteriormente tuvo que pelear Pablo (y salió indemne). Pero la cabra Rosita no fue el único animal al que pudimos ver o intuir sobre las tablas. Una mamá elefante dio a luz a un pequeño elefantito que se presentó ante el público y obedientemente se subió a la plataforma ante las ordenes de Pablo, quien tras lidiar con Rosita iba ganado confianza y tacto con los animales. Nuestro protagonista poco a poco aprendió a relacionarse con los animales mediante el respeto y la empatía, algo que hizo de Pablo una pieza fundamental en el circo.

Los tonos pastel de la obra, acompañados de los títeres y los juegos de luces y sombras, fueron fundamentales para entretener y fascinar al público infantil, quienes no podían contener su asombro y su alegría. Una manera estupenda de inculcar en ellos la semilla de la cultura. Al mismo tiempo, para los progenitores seguro que fue agradable ver sobre las tablas algunos esbozos de lo que fue la pintura de la época rosa de Pablo Picasso, quien se sentía hechizado por el mundo circense.

Una obra que a través de Pablo nos enseñó el valor de la perseverancia, quien en su lucha por formar parte del circo no cesó un instante en las labores que le encomendaban. Unos quehaceres que le sirvieron para aprender a respetar a los animales, que forman con las personas un ecosistema en el que todos debemos convivir en armonía. La misma armonía que se respiraba ayer en la Sala Pereda, donde los intérpretes y sus personajes disfrutaron ofreciendo su espectáculo a un agradecido público que se mondaba de risa en sus butacas, respetando la distancia con el de al lado y recordando, una vez más en estos tiempos, que la cultura es segura.

Javier Sánchez Becerril