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Señora de rojo sobre fondo gris. Impresionismo emocional en la Sala Argenta

Santander, 6 de febrero de 2021.- Al descorrerse las cortinas sonaron unos pasos firmes que dieron lugar a la presencia de José Sacristán, quien con su voz inconfundible nos introducía en las penurias de su personaje, Nicolás, un pintor sumergido en una crisis personal y creativa que le impide volver a pintar desde que de manera dramática falleció su mujer.

Curiosamente, la obra comienza y termina sobre un taburete desde el que Nicolás plantea las causas de su pesadumbre, con una copa en la mano para poder ‘acartonar’ los recuerdos. `No ignoro que el recurso de beber es un viejo truco para escapar de ti mismo´, planteaba Nicolás. Con este punto de partida, se sucedían las reflexiones del protagonista en un escenario gris, vacío y triste, una representación del alma afligida del pintor.

Nicolás dibujaba en sus recuerdos a una mujer alegre y vivaracha, una persona que, despierta y dormida, irradiaba calor, una temperatura que con el feroz avanzar de su enfermedad fue perdiendo su calidez, su energía y su vida.

Destaca el trabajo interpretativo de José Sacristán, que se mete de lleno en el papel, sintiéndolo como propio. Expresando cada uno de los matices de un hombre roto y desolado, que recompone las piezas de un puzzle para cicatrizar la herida, donde la calma y la pena dieron paso a la sinrazón. El protagonista anhelaba que llegara el día siguiente en compañía de la persona amada, pero con la presión y angustia de saber que es un día menos para el desenlace final, cuando la parca hizo su esperada pero temida aparición y con su guadaña sesgó la vida de Ana, dejando tras de sí un hombre roto. Una retrospectiva hacia el pasado, una mirada desalentadora hacia el futuro y un presente anodino. Un dolor representado a través de silencios, murmullos y una voz quebrada.

En algún sitio leí que la experiencia y la reflexión sobre esa experiencia hacen sabias a las personas. La riqueza de la experiencia y su reflexión personal han hecho de José Sacristán un sabio de la interpretación que no solo da vida a las palabras que antes descasaban sobre el papel, sino que es capaz de recrear en el público las emociones que teñían el ánimo del escritor mientras redactaba su obra. Así que ayer nos visitó la alegría sin llamar a la puerta, pero también sentimos la tristeza, un binomio irremediable cuando sobre el escenario la sabiduría está hablando de la muerte y de la vida, de una señora de rojo sobre fondo gris, como si estuviera desgranando los mensajes ocultos y manifiestos de un cuadro impresionista.

Aún no habían dejado de transitar las emociones desde el escenario al patio de butacas, cuando un fundido en negro dio la señal para que el público desahogara en una cerrada ovación los sentimientos contrapuestos que el actor había infundido en sus ánimos con su soliloquio sabio. José Sacristán intervino entonces para agradecer los aplausos, un agradecimiento que hizo extensivo a las personas esenciales, y desaparecidas, de su representación: el propio autor de la novela dramatizada, Miguel Delibes, su esposa Ana de Castro y el guionista cántabro, José Sámano. Antes de que las cortinas se cerraran y los aplausos volvieran a resonar entre las paredes de la Sala Argenta, todavía tuvo el actor palabras para enviarnos un último mensaje sabio: la cultura es segura. Telón.

Javier Sánchez Becerril