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Una vez más, Godot se hizo esperar

Santander, 30 de enero de 2021.- El texto que escribió Samuel Beckett hace ya más de medio siglo ha encandilado a varias generaciones del público más cultural, haciendo de `Esperando a Godot´ la obra de teatro más representada en el siglo XX. En esta ocasión, la versión escrita por Antonio Simón nos presenta una función sugerente con dos personajes principales, Vladimir y Estragón, que recuerdan a Don Quijote y Sancho Panza, dos amigos que avanzan por la vida a trompicones con el recuerdo difuso de dónde estuvieron ayer y sin saber cuál será su destino mañana.

La escenografía era simple, una vía de ferrocarril recta con una desviación que conducía a un árbol que no tenía hojas. Sin embargo, estos elementos estaban cargados de simbolismo. ¿Acaso no nos encontramos todos en un camino que nos lleva a… no sabemos dónde? Por otro lado, es curioso pensar si este camino permitía a los personajes tomar otro destino o no, un sino quizá peligroso, ya que por momentos contemplaron la posibilidad de servirse de un árbol para colgarse, pero eso significaría su separación, algo que no ocurría desde hace más de 50 años. Este árbol de ramas desnudas, de la noche a la mañana, floreció, permitiendo ver a los personajes la posibilidad de resurgir. Los protagonistas a primera vista parecen dos vagabundos que han aprendido a hacer de la necesidad virtud y encontrar ánimo frente al desánimo, pero momentos de ofuscación nos dan que pensar ¿Se trata de dos veteranos de guerra? Hay que tener en cuenta que la obra fue publicada pocos años después de la Segunda Guerra Mundial y es bien sabido las terribles secuelas físicas y emocionales que dejan las conflagraciones.

Pero la principal misión de estos personajes es esperar a Godot. No se nos explica en ningún momento quién o qué es Godot, por qué les ha convocado y para qué, simplemente deben esperarlo. En esa dilación, Vladimir reflexiona profundamente sobre sí mismo, sobre Godot e incluso sobre la Biblia. Durante la espera irrumpen dos personajes más, Pozzo y Lucky, un amo y un esclavo que transitan por las vías en un viaje para que Lucky sea vendido. Tristemente, contemplamos cómo un hombre avanza impasible contra su destino, el destino de cualquier hombre de ser libre, pero que las ataduras de las costumbres vetustas hacen mella en la autoestima de las personas, haciendo creer que, por arte divino, vayan ustedes a saber por qué, un ser humano puede estar supeditado a otro. Un Lucky que tiene una presencia testimonial, callado, cabizbajo e incluso tirado en el suelo.

Pero por más que pasa el tiempo, Godot no rinde presencia ante Vladimir y Estragón y éstos se preguntan por qué. Tan solo un joven chico, que se presenta como ayudante del mismísimo Godot, les dice que Godot no podrá venir hoy, pero que sí lo hará mañana. Mientras tanto, los protagonistas siguen esperando y esperando. Al fin y al cabo, esta espera representa lo absurdo de la vida. Sin duda, una espera que está abierta a interpretaciones. Es posible que Godot haga referencia a `God´ (dios en inglés), ya que nunca aparece, pero se sabe, se conoce o se intuye que está ahí. Quizá Godot nos hablé simplemente de una bota, ya que `Godillot´ significa bota en francés. Una bota que vemos que Estragón se quita y se pone a lo largo de la obra, acción, la de calzarse y descalzarse, que quizá sea una analogía entre estar preparado para avanzar o anclado en un lugar. Godot es alguien que les va a permitir avanzar, que les va a dar respuestas, pero para recibirlas tendrán que esperar. Puede que en el fondo sean igual que el resto, esperando como individuos alguien o algo que nos permita terminar una acción para pasar a la siguiente, pero esto, más allá de frenarnos en seco, debe hacer que nos adaptemos a las circunstancias. Es decir, no hay que esperar a que deje de llover, sino ponerse a bailar bajo la lluvia.

Fuera como fuese, seguro que la interpretación dejó a los presentes con la duda ya no solo de saber quién era Godot, sino de si ellos mismos están esperando algo que nunca llega. Aunque de reflexión sé poco, parece propio de quienes existen reflexionar sobre la existencia y esta obra impresiona como una convocatoria continua a profundizar en esa reflexión. Lo que es seguro es la entrega con la que los actores quisieron llevar esa reflexión hasta el patio de butacas, en el que una respetuosa escucha por parte de los presentes solo se vio interrumpida con alguna risa ocasionada por la parte cómica de esta obra, subtitulada como tragicomedia. Hasta dos veces salieron los actores a recibir el aplauso cerrado del público, más interesado en mostrar su agradecimiento que en apresurar su salida ante la proximidad inaplazable del toque de queda. Esta tarde se abre en el Palacio de Festivales de Cantabria una nueva espera, previsiblemente tan infructuosa como la de ayer, salvo que consideremos que el fruto es la reflexión, en cuyo caso esta obra del absurdo volverá a tener sentido.

Javier Sánchez Becerril